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La letra perdida
Sábado 3 de Julio de 2010. Las 11.00 hrs en Buenos Aires. La cámara nos brinda un primer plano de los rostros tensos de los jugadores. Un país está a punto de entrar en coma durante los próximos noventa minutos. Es la previa del partido contra el seleccionado de Alemania.
Un relator intenta llenar con palabras el silencio visual. No se da cuenta de que en estos partidos del mundial, como en la literatura, lo que se juega siempre pasa por fuera del relato. Parece no entender que la letra que se corresponde con las imágenes ya fue, y sigue siendo, escrita, pero no por un relator. Es la letra argentina, una letra heroica, quijotesca. Una letra de sastre, hecha a medida para estos eventos. A medida del ancho de los ríos, del largo de las avenidas, del alto del obelisco. Una letra al palo –mayor, por supuesto-. Y si de lenguaje náutico se trata: hecha a medida de una verga mayor; la mayor de todas, la más grande. Algo así como Argentina Potencia, una entelequia discursiva, y tanto la potencia que termina, al igual que un motor pasado de revoluciones, fuera de tiempo. En ese espacio, bien señalado por Gilles Donato –nuestro simpático albañil paraguayo-, del devenir infinito, donde intercambian fluidos un mítico pasado y un más que prom(v)isorio porvenir; pero siempre gambeteando al presente –de eso se trata: de hacer de la gambeta un arte-.*
Nutrida por las aguas de ese folclore, nuestra letra ha adquirido la capacidad para ficcionalizar, inocente, desde la invención del transporte colectivo, sin la mínima noción -siempre tan parecida a nación- colectiva, hasta la posibilidad, no tan inocente, de enviar cohetes al espacio para llegar en noventa minutos (¿siempre en coma?) a Japón o Corea - según uno de los tantos astronautas que tuvimos-.
Nutrida por las aguas de ese folclore, nuestra letra ha adquirido la capacidad para ficcionalizar, inocente, desde la invención del transporte colectivo, sin la mínima noción -siempre tan parecida a nación- colectiva, hasta la posibilidad, no tan inocente, de enviar cohetes al espacio para llegar en noventa minutos (¿siempre en coma?) a Japón o Corea - según uno de los tantos astronautas que tuvimos-.
En ese trayecto desmesurado que va desde un modesto barrio porteño hasta la mismísima estratosfera, ha debido devorar kilómetros y palabras que le han hecho ganar peso y volumen. Así, pesada, gorda y mal cebada –de infelices infusiones, diría un tanguero- , la letra de sastre, fuera de línea, a punto de irse en vicio –político vicio-, comienza a perder sus límites, hasta desaparecer, no decir nada…
La cámara, ahora teñida de celeste y blanco, nos vuelve al presente, a un estadio sudafricano, a los primeros planos de ese estadio. Suenan los acordes del himno nacional. Luego, cuatro acordes del himno alemán. Y se acaba la milonga.
Nos queda eterno el eco
La cámara, ahora teñida de celeste y blanco, nos vuelve al presente, a un estadio sudafricano, a los primeros planos de ese estadio. Suenan los acordes del himno nacional. Luego, cuatro acordes del himno alemán. Y se acaba la milonga.
Nos queda eterno el eco
del puro tararear.
* ¿o del arte una gambeta?








